AnalisisSeguridad y conflicto

Medio Oriente después de los Acuerdos de Abraham: normalización sin orden regional

La cooperación entre Estados sobrevivió a Gaza, pero convive con la cuestión palestina no resuelta, la confrontación Israel–Irán, redes armadas con autonomía propia y monarquías del Golfo que buscan seguridad sin quedar atrapadas en una alineación única.

Publicado 29 de agosto de 2026Actualizado 29 de agosto de 2026Por rete

Los Acuerdos de Abraham abrieron una vía de normalización entre Israel y varios Estados árabes sin resolver el conflicto palestino ni crear una arquitectura regional común. La guerra de Gaza no eliminó esa vía, pero cambió sus condiciones. Las relaciones diplomáticas y parte de la cooperación económica y de seguridad pudieron persistir mientras aumentaban el costo político de profundizarlas, la distancia entre acuerdos estatales y legitimidad social y la dificultad de incorporar a Arabia Saudita.

Al mismo tiempo, la confrontación entre Israel e Irán dejó de expresarse solamente mediante operaciones encubiertas, sanciones y actores aliados. Los intercambios directos, la dimensión nuclear y misilística y el riesgo de extensión hacia el Golfo convirtieron la disuasión en un problema regional. Gaza, Cisjordania, Líbano, Siria, Iraq, Yemen, el mar Rojo y el estrecho de Ormuz ya no pueden analizarse como escenarios completamente separados, pero tampoco forman un único frente dirigido por dos bloques homogéneos.

La hipótesis de este macroevento rector es que Medio Oriente funciona mediante tres arquitecturas superpuestas y todavía incompatibles: una arquitectura de normalización y conectividad; una arquitectura militar de disuasión, bases y defensa aérea; y una disputa por soberanía, representación y monopolio de la fuerza dentro de los Estados. Ninguna ha logrado ordenar a las otras. El resultado es una combinación de cooperación selectiva y guerra regionalizada.

Este análisis organiza siete procesos complementarios creados específicamente para el rector y cuatro procesos transversales ya existentes. No reemplaza sus fuentes ni supone que todos deban evolucionar en la misma dirección. Su función es identificar cuándo un cambio local modifica más de una arquitectura y qué indicadores permitirían distinguir adaptación, escalada y transformación.

Los Acuerdos de Abraham crearon relaciones, no un orden completo

El texto oficial de los Acuerdos de Abraham vinculó normalización, cooperación, paz, seguridad y prosperidad. Esa institucionalización importa: abrió embajadas, acuerdos y circuitos de cooperación que no dependen de resolver previamente todas las disputas regionales.

El expediente sobre los Acuerdos y una eventual normalización saudí-israelí muestra, sin embargo, que continuidad y profundización son variables diferentes. El análisis de Carnegie sobre el contexto posterior a Gaza distingue la preservación de relaciones estatales de la contracción del contacto social y del aumento de los costos políticos.

La eventual incorporación de Arabia Saudita sería cualitativamente distinta de los acuerdos anteriores. Riad combina interés en cooperación tecnológica, económica y de seguridad con exigencias propias sobre garantías estadounidenses, capacidades nacionales y la cuestión palestina. Por eso no debe tratarse como la siguiente adhesión automática a una secuencia ya establecida.

Los acuerdos existentes pueden sobrevivir sin producir integración política regional. También pueden generar cooperación concreta aun cuando la opinión pública, las guerras y la rivalidad con Irán impidan presentarlos como una paz consolidada. La prueba rectora no es solamente si permanecen las embajadas, sino si aumentan comercio, inversión, turismo, interoperabilidad y capacidad para gestionar crisis sin excluir un arreglo palestino.

Palestina es una dimensión política propia

Gaza y Cisjordania no son únicamente obstáculos o incentivos dentro de la relación entre Israel y los Estados árabes. La protección de la población, la representación política, la continuidad territorial, la legitimidad institucional, la seguridad y la autodeterminación constituyen un problema analítico propio.

El expediente sobre Gaza, Cisjordania y el orden político palestino separa al menos cuatro cuestiones que suelen mezclarse: el cese de hostilidades y la protección de civiles; la administración y reconstrucción de Gaza; la gobernabilidad y legitimidad de la Autoridad Palestina; y la relación política y territorial entre Gaza, Cisjordania y Jerusalén Este.

La discusión recogida por Naciones Unidas sobre gobernanza transitoria y reconstrucción muestra que la salida no puede reducirse a detener los combates. Requiere autoridad efectiva, seguridad, financiación, acceso humanitario y un horizonte político. El análisis de ECFR sobre la fragilidad institucional en Cisjordania agrega que una fórmula para Gaza no producirá unidad palestina si persisten crisis de legitimidad, capacidad fiscal, sucesión y fragmentación territorial.

Esta dimensión limita y a la vez condiciona la normalización. Un acuerdo árabe-israelí puede avanzar sin resolver completamente la cuestión palestina, como ya ocurrió. Lo que resulta mucho más difícil es transformar ese acuerdo en un orden regional legítimo y durable mientras Gaza y Cisjordania carezcan de una estructura política viable y la población palestina soporte inseguridad, desplazamiento y deterioro institucional.

Israel e Irán: de la guerra indirecta a una disuasión inestable

El expediente sobre la confrontación directa Israel–Irán sigue la interacción entre ataques directos, capacidades misilísticas, defensa aérea, programa nuclear, presencia estadounidense y mediación. La transición desde la confrontación encubierta hacia intercambios abiertos reduce el margen para errores sin consecuencias regionales.

El seguimiento del OIEA sobre verificación y monitoreo en Irán obliga a distinguir cuatro cuestiones: capacidad técnica, inventario de material, daños a instalaciones e intención política. Ninguna puede inferirse automáticamente de las otras. La degradación de una instalación tampoco elimina conocimientos, material no localizado o incentivos estratégicos.

El IISS señala límites de la estrategia misilística iraní y cambios en la tolerancia israelí al riesgo. Eso puede reforzar la presión sobre Teherán, pero también aumentar los incentivos para dispersar capacidades, recurrir a otros instrumentos o buscar una disuasión más difícil de neutralizar.

La intervención diplomática recogida por Naciones Unidas muestra que un cese del fuego no cierra la confrontación. Introduce una fase en la que mediadores, garantías, verificación y señales militares deben impedir que un incidente reactive ataques en varios escenarios.

El escenario base no es una paz entre Israel e Irán ni una guerra total continua. Es una disuasión inestable: períodos de contención, presión sobre el programa nuclear, operaciones limitadas y riesgo de escalada directa. La prueba de transformación sería un mecanismo verificable que combine límites nucleares, reducción de ataques, comunicaciones de crisis y garantías para los Estados expuestos.

La red iraní no es una cadena de mando uniforme

El expediente sobre la red regional vinculada con Irán evita usar la palabra “proxy” como explicación completa. Hezbollah, los Houthis y las facciones armadas iraquíes mantienen relaciones distintas con Teherán, ocupan posiciones diferentes dentro de sus sistemas políticos y conservan grados variables de autonomía operativa.

La investigación de Chatham House describe una red capaz de adaptarse mediante conexiones horizontales, economías propias e inserción doméstica. El apoyo iraní puede incluir financiación, armamento, entrenamiento, coordinación y afinidad estratégica sin demostrar que cada ataque responda a una orden operativa de Teherán.

Esta distinción cambia el análisis de la escalada. Presionar a Irán puede reducir recursos o coordinación, pero no necesariamente elimina los incentivos locales de cada actor. Del mismo modo, una pausa decidida por una facción no demuestra que toda la red haya cambiado de doctrina.

Iraq es especialmente relevante porque las facciones armadas se superponen con instituciones reconocidas y con la competencia política interna. Yemen conecta la rivalidad regional con Bab el-Mandeb y la navegación comercial. Siria funciona como territorio de tránsito, disputa e implantación de actores estatales y no estatales. El rector debe seguir cada relación por evidencia de apoyo, coordinación y agencia, no por una etiqueta única.

Líbano: frontera, soberanía y profundidad estratégica

El proceso Israel–Líbano–Hezbollah muestra que un cese de hostilidades en la frontera no resuelve la cuestión nacional del monopolio de la fuerza. Israel busca reducir la capacidad de ataque desde el norte; el Estado libanés y sus fuerzas armadas deben ampliar autoridad territorial; Hezbollah conserva una función interna y regional que no puede tratarse solo como una unidad militar exterior.

El análisis regional del Middle East Council on Global Affairs vincula la degradación militar de Hezbollah con el debilitamiento de la profundidad estratégica iraní, pero distingue ese daño de la desaparición de la doctrina regional de Teherán. Reducir capacidades no equivale a resolver la inserción política y social del movimiento ni a transferir automáticamente sus armas al Estado.

El resultado depende de tres procesos simultáneos: cumplimiento verificable de los arreglos fronterizos; capacidad efectiva de las instituciones libanesas; y una fórmula política que evite tanto la reconstitución militar sin controles como una nueva guerra destinada a imponer el desarme desde el exterior.

Líbano es una prueba decisiva para la hipótesis rectora. Si la seguridad israelí, la soberanía libanesa y el control estatal de las armas pueden avanzar juntos, la región dispondrá de un mecanismo replicable. Si cada objetivo se persigue contra los otros, la frontera seguirá siendo un detonador de la confrontación Israel–Irán.

No existe una única política del Golfo

Arabia Saudita, Emiratos Árabes Unidos, Qatar, Bahrain, Kuwait y Omán comparten vulnerabilidades, pero no una política exterior idéntica. Sus relaciones con Israel e Irán, su exposición a bases estadounidenses, sus capacidades militares, sus modelos económicos y sus funciones de mediación son diferentes.

El expediente sobre autonomía, seguridad y mediación en el Golfo distingue esas estrategias. Arabia Saudita combina peso político, ambición de seguridad y capacidad de condicionar la ampliación de la normalización. Emiratos conserva cooperación avanzada y una estrategia económica propia. Qatar convierte acceso, mediación y vínculos múltiples en influencia. Omán preserva canales discretos. Bahrain aloja infraestructura militar especialmente sensible. Kuwait mantiene restricciones políticas y una posición de seguridad propia.

Las declaraciones conjuntas del Consejo de Cooperación del Golfo y Estados Unidos identifican un mínimo común sobre defensa, Gaza, Iraq y Líbano. No prueban que todos los miembros asignen la misma prioridad a cada objetivo ni que estén dispuestos a asumir los mismos riesgos.

La perspectiva regional del Middle East Council muestra por qué la neutralidad declarada puede chocar con la infraestructura operativa. Bases, radares, logística y asociaciones de defensa incorporan a los países del Golfo a los cálculos de los beligerantes aunque sus gobiernos intenten evitar una participación directa.

Una interpretación publicada por Chatham House propone una seguridad colectiva que no exija alineamiento automático con Israel o Irán. Se conserva como perspectiva atribuida: expresa una forma regional de pensar el problema, no una doctrina común ya adoptada.

Estados Unidos sigue siendo indispensable, pero su garantía es discutida

El expediente sobre la arquitectura estadounidense de seguridad reúne bases, defensa aérea, ventas de armas, inteligencia, navegación y garantías políticas. Esa presencia proporciona capacidades que ningún actor regional puede reemplazar integralmente en el corto plazo.

La apertura anunciada por CENTCOM de una célula combinada de defensa aérea en Qatar muestra institucionalización operativa. Compartir alertas y coordinar respuestas es más que una declaración diplomática, pero no demuestra por sí solo eficacia en combate, consenso político o protección suficiente de todas las infraestructuras.

El análisis de Carnegie subraya una tensión central: alojar fuerzas estadounidenses y comprar sistemas no asegura que Washington prevenga todas las amenazas ni que los socios influyan sobre sus decisiones. La presencia estadounidense puede disuadir, proteger y, simultáneamente, convertir instalaciones regionales en objetivos.

Por eso los Estados del Golfo no eligen simplemente entre Estados Unidos e Irán o entre Estados Unidos y China. Buscan conservar el paraguas militar, diversificar socios, ampliar capacidades propias y mantener canales con adversarios. La arquitectura futura probablemente será estadounidense en sus componentes más sofisticados y más autónoma en su diplomacia y gestión de riesgos.

Ormuz, Bab el-Mandeb y Suez conectan guerra, energía y comercio

El expediente sobre Ormuz, Bab el-Mandeb y Suez muestra que la guerra regionalizada no se mide solamente por territorio atacado. Amenazas a la navegación, primas de seguros, desvíos de buques, capacidad portuaria y continuidad energética transmiten el conflicto hacia mercados y Estados que no participan directamente.

Yemen vincula la red iraní con Bab el-Mandeb y el mar Rojo. El Golfo convierte Ormuz en instrumento de presión y vulnerabilidad mutua. Suez traslada las interrupciones hacia Egipto, el Mediterráneo y Europa. Una crisis localizada puede, por lo tanto, producir efectos económicos globales antes de convertirse en una guerra terrestre más amplia.

El proceso IMEC introduce el vínculo entre normalización y conectividad. Su desarrollo depende de puertos, ferrocarriles, energía, cables, aduanas y acuerdos políticos que atraviesan países con posiciones diferentes frente a Israel y Palestina. Puede avanzar por módulos, pero una infraestructura fragmentaria no equivale a un corredor integrado.

La protección de rutas forma así una cuarta capa del orden regional. Requiere cooperación militar y regulatoria entre actores que pueden discrepar sobre Gaza, Irán o la normalización. Su progreso ofrece un indicador material de cooperación más exigente que una declaración conjunta.

Turquía, Siria y los actores que no caben en dos bloques

El reordenamiento entre Turquía, Siria e Israel muestra que el Levante no puede dividirse simplemente entre un bloque israelí-estadounidense y otro iraní. Ankara posee capacidades militares, vínculos con Washington, rivalidad y cooperación con Teherán y objetivos propios en Siria. Israel y Turquía pueden compartir interés en limitar determinadas capacidades y, al mismo tiempo, competir por reglas, aliados e influencia.

La competencia y coexistencia entre Turquía e Irán añade otra relación cruzada. Comercio, energía y estabilidad fronteriza conviven con rivalidad en Siria, Iraq y otros espacios. Mantener interlocución no convierte a Turquía en mediador eficaz por definición, pero le permite ocupar funciones que una arquitectura binaria no explica.

Egipto y Jordania también conservan agendas irreductibles: estabilidad fronteriza, tratados existentes, mediación y rechazo a desplazamientos palestinos permanentes. Iraq combina relaciones con Irán, Estados Unidos, el Golfo y Turquía. Estos actores pueden colaborar en un dossier y competir en otro.

La multiplicidad no implica ausencia de alineamientos. Implica que cada coalición es específica del problema. La misma pareja de Estados puede compartir defensa aérea, discrepar sobre Palestina y competir por corredores. Ese comportamiento modular es una característica estructural del nuevo orden.

Tres arquitecturas que todavía no forman un sistema

Los once procesos pueden ordenarse en tres arquitecturas superpuestas:

  1. Normalización y conectividad. Embajadas, comercio, tecnología, inversión y corredores buscan producir beneficios que hagan costosa la ruptura. Los Acuerdos de Abraham e IMEC pertenecen a esta capa.
  2. Disuasión y protección militar. Bases estadounidenses, defensa aérea, capacidades israelíes e iraníes y redes armadas intentan impedir ataques o elevar su costo. La confrontación directa, el programa nuclear y la seguridad marítima pertenecen a esta capa.
  3. Soberanía y legitimidad interna. Gobernanza palestina, monopolio estatal de las armas en Líbano e Iraq y control territorial en Siria y Yemen determinan si los acuerdos entre Estados producen orden dentro de los territorios afectados.

La primera arquitectura puede avanzar mientras la tercera se deteriora. La segunda puede contener una amenaza y agravar otra. Una defensa aérea más coordinada protege infraestructuras, pero no crea un arreglo palestino; una ampliación comercial puede sobrevivir a la guerra, pero no sustituye legitimidad política; degradar una milicia puede reducir ataques sin fortalecer al Estado.

El sistema se vuelve más estable solo cuando un cambio mejora al menos dos capas sin destruir la tercera. Un cese verificable en Gaza que permita gobernanza y reconstrucción podría reducir presión sobre la normalización. Un arreglo nuclear con comunicaciones de crisis podría disminuir la exposición del Golfo y de las rutas. Un fortalecimiento institucional libanés compatible con seguridad fronteriza podría reducir el papel de la confrontación Israel–Irán.

Escenario base: normalización condicionada y disuasión inestable

El escenario más probable combina continuidad y fragilidad. Los acuerdos diplomáticos existentes sobreviven y conservan cooperación selectiva. La normalización saudí-israelí sigue condicionada por Palestina, garantías de seguridad y cálculos nacionales. Gaza atraviesa fases de cese, reconstrucción parcial y disputa por la autoridad; Cisjordania continúa debilitando la viabilidad de un arreglo común.

Israel e Irán alternan presión, ataques limitados y mediación. La red vinculada con Teherán se adapta de forma desigual. Líbano, Iraq, Siria y Yemen no recuperan completamente el monopolio estatal de la fuerza. Los Estados del Golfo amplían defensa y diversificación sin renunciar a Estados Unidos ni cerrar canales con Irán.

Este escenario no es equilibrio estable. Es una capacidad de impedir que todas las crisis escalen al mismo tiempo. Su sostenibilidad depende de mecanismos de contención, de que las rutas permanezcan abiertas y de que ningún actor concluya que una ofensiva rápida puede reorganizar la región a su favor.

Escenario adverso: guerra prolongada y multinodal

La confrontación Israel–Irán reactiva frentes directos e indirectos. Gaza carece de un arreglo político y humanitario sostenible; aumenta la presión sobre Cisjordania; Líbano vuelve a una escalada abierta; facciones iraquíes y los Houthis amplían operaciones; Ormuz y Bab el-Mandeb sufren interrupciones recurrentes.

Los Estados del Golfo quedan expuestos por sus bases e infraestructuras aun cuando intenten ser neutrales. La normalización pierde profundidad o retrocede. La presencia estadounidense aumenta para contener la guerra, pero también eleva los riesgos sobre instalaciones regionales. El programa nuclear iraní se vuelve más opaco y la lógica de ataques preventivos reemplaza a la verificación.

La característica del escenario adverso no es una guerra continua en todos los frentes, sino la imposibilidad de aislarlos. Cada pausa sirve para rearmar, reposicionar o negociar otra arena, mientras los costos humanitarios y económicos se acumulan.

Escenario transformador: seguridad parcial con horizonte político

Un arreglo verificable para Gaza abre acceso humanitario, reconstrucción y una estructura de gobierno vinculada con instituciones palestinas reformadas y con Cisjordania. La normalización regional se amplía sin presentar a Palestina como precio externo de los acuerdos.

Israel e Irán aceptan límites verificables, comunicaciones de crisis y mediaciones capaces de contener incidentes. El OIEA recupera acceso suficiente para reducir incertidumbre sobre material e instalaciones. Líbano avanza en autoridad estatal y seguridad fronteriza. Iraq limita la autonomía militar por fuera de las instituciones sin romper sus equilibrios regionales.

Los Estados del Golfo construyen mecanismos de defensa y protección de infraestructuras compatibles con diplomacia, navegación y diversificación. Estados Unidos conserva un papel central, pero comparte la gestión política con actores regionales. El resultado no sería una alianza única ni el fin de las rivalidades: sería una arquitectura parcial capaz de impedir que cada crisis local active todo el sistema.

Qué indicadores pueden confirmar un cambio de orden

El rector debe observar resultados verificables, no solo anuncios:

  • continuidad y profundidad de embajadas, comercio, inversión, turismo y cooperación de seguridad vinculados con los Acuerdos de Abraham;
  • condiciones públicas y pasos ejecutados de una eventual normalización saudí-israelí;
  • cumplimiento de ceses de hostilidades, liberaciones, acceso humanitario, retirada, reconstrucción y mecanismos de seguridad en Gaza;
  • autoridad efectiva, legitimidad, recursos fiscales y coordinación política entre Gaza y Cisjordania;
  • asentamientos, violencia, desplazamiento y capacidad institucional en Cisjordania y Jerusalén Este;
  • acceso del OIEA, inventarios, niveles de enriquecimiento, instalaciones afectadas y cambios de doctrina nuclear;
  • frecuencia, alcance y atribución de ataques entre Israel, Irán, fuerzas estadounidenses y actores armados regionales;
  • cumplimiento de arreglos en la frontera Israel–Líbano y capacidad del Estado libanés para ejercer autoridad;
  • evidencia diferenciada de financiación, armamento, coordinación y autonomía de facciones en Iraq, Siria y Yemen;
  • tránsito marítimo, primas de seguros, desvíos, precios energéticos y continuidad de Ormuz, Bab el-Mandeb y Suez;
  • interoperabilidad real de defensa aérea y protección de infraestructura crítica;
  • divergencias concretas entre Arabia Saudita, Emiratos, Qatar, Bahrain, Kuwait y Omán;
  • avance material e interoperabilidad de IMEC y otros proyectos asociados con la normalización.

Conclusión

Los Acuerdos de Abraham no fueron anulados por la guerra, pero tampoco produjeron el orden que sus promotores proyectaban. Crearon una capa de relaciones estatales capaz de resistir crisis profundas. Esa resiliencia es significativa y, al mismo tiempo, insuficiente.

La cuestión palestina mantiene una lógica propia; Israel e Irán han elevado el riesgo de confrontación directa; las redes vinculadas con Teherán combinan apoyo externo y agencia local; los Estados del Golfo no forman un actor único; y la garantía estadounidense es indispensable sin ser absoluta. Sobre ese conjunto operan rutas marítimas, energía, corredores y actores como Turquía, Egipto, Jordania e Iraq que impiden reducir la región a dos bloques.

El orden emergente no será probablemente una alianza regional integrada. Será una arquitectura modular. Su estabilidad dependerá de que normalización, disuasión y soberanía interna puedan reforzarse en lugar de neutralizarse. Mientras eso no ocurra, Medio Oriente seguirá combinando cooperación real con la posibilidad de una guerra regionalizada.

Fuentes vinculadas

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  2. Amid a tenuous ceasefire and soaring humanitarian needs, the Security Council hears updates on transitional governance structures and reconstruction efforts in Gaza

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  3. UN calls for maximum restraint to preserve ceasefire between the United States and Iran

    United Nations (ONU) · 2 de julio de 2026 · verificada

  4. Joint Statement Following the Ministerial Meeting of the United States and the Gulf Cooperation Council

    Gulf Cooperation Council (GCC) · 25 de junio de 2026 · verificada

  5. U.S., Regional Partners Open New Air Defense Operations Cell in Qatar

    U.S. CENTCOM · 13 de enero de 2026 · verificada

  6. Verification and Monitoring in Iran

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  7. The Abraham Accords After Gaza: A Change of Context

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  8. Averting West Bank collapse: How to revive Palestinian politics

    ECFR · 20 de noviembre de 2025 · verificada

  9. Israel’s attack and the limits of Iran’s missile strategy

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  10. The Limits of Neutrality for Gulf States in the U.S.–Israel–Iran War

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  11. The shape-shifting ‘axis of resistance’

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  12. Hezbollah’s Defeat and Iran’s Strategic Depth Doctrine

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  13. Gulf states can contain the threat from Iran and Israel. But they’ll need help

    Chatham House · 15 de junio de 2026 · verificada

  14. The Gulf Monarchies Are Caught Between Iran’s Desperation and the U.S.’s Recklessness

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